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Los Deberes de la Educación: entre la nueva barbarie y
la emancipación
The Duties of Education: between the new barbarism and
emancipation
DRA. GERGANA PETROVA.
Universidad de Guanajuato, Guanajuato, México. (gerjina@gmail.com) (https://orcid.org/0000-
0002-0561-8323)
RESUMEN:
El presente artículo aborda la crítica de la sociedad moderna y
su cultura de castración, entendida ésta como la anulación o en
su mejor caso, el acondicionamiento del individuo a través de
la educación y del trabajo como elementos yuxtapuestos que se
implantan sobre el deseo natural del individuo. En este sentido, la
teoría crítica de la sociedad consigue desenmascarar al individuo en
su actuar condescendiente ante la auto infringida represión de sus
instintos biológicos, poniendo en perspectiva la condición actual de
la educación que, sometida al dominio del todo, obedece, en su
funcionalidad, a la opresión de las potencialidades humanas, con
el n de integrar al individuo a la totalidad consumista del sistema
social.
ABSTRACT:
The following paper is a critical approach on the modern society
and its culture of castration, understood as the cancellation or in its
best case, the conditioning of the individual through the education
and work as juxtaposed elements implanted on the natural desire
of the individual. As regards, the critical theory of society succeeds
in revealing the individuals in acting condescendingly towards
a self-inicted repression of their biological instincts, placing into
perspective the current condition of the education, which brought
under the domain of whole, obeys as well in its functionality to
the oppression of the human potential, in pursue of integrating
the individual to the consumerist absoluteness of the whole social
system.
VOLUMEN I/ NÚMERO 1/ AÑO 1/ ISSN 977245257580
PÁGINAS 46-53/ RECIBIDO: 15-02-2020/ APROBADO: 26-04-2020
DOI: https://doi.org/10.53645/revpropulsion.v1i1.10
www.revpropulsion.cl
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PALABRAS CLAVE / KEYWORDS
Represión, emancipación, individuo, unidimensionalidad, Eros, educación. /
repression, emancipation, individual, unidimensionality, Eros, education.
1. INTRODUCCIÓN
Podríamos hablar de la importancia que se le otorga a la educación para la preservación
social y cultural del ser humano desde el mundo primitivo. Las pinturas rupestres dan
testimonio de la necesidad originaria de transmitir los saberes adquiridos y requeridos para
la perpetuación y sobrevivencia de la raza humana. Pero es quizá a partir de la Ilustración
cuando la educación adquiere como concepto y práctica la encomienda de conducir
hacia una sociedad cualitativamente diferente. Es en la Ilustración, que se postula el
interés emancipatorio para el desarrollo humano, cuando la educación es concebida como
la superación de la barbarie: alejar al ser humano de lo primitivo y borrar la animalidad.
La barbarie es considerada lo opuesto a la formación cultural y a la supervivencia de la
humanidad, depende de que los individuos sean ayudados a superarla, precisamente a ello
se supone que debe de servir la escuela. No obstante, Adorno advierte que «mientras sea la
sociedad la que genera, a partir de sí misma, la barbarie, es seguro que la resistencia de la
escuela sólo podrá ser mínima» (Adorno, 1998, p. 78).
2. SOCIEDAD Y CASTRACIÓN
Así pues, para hablar de los deberes de la educación nos centraremos en la sociedad
moderna y en su “cultura de castración”, entendida ésta como la anulación o en su mejor
caso, el acondicionamiento del individuo a través de la educación y del trabajo como
elementos yuxtapuestos que se implantan sobre el deseo natural del individuo. Y para
ello retomaremos El hombre unidimensional de Herbert Marcuse (1985), quien estudia la
represión de los instintos humanos que se reproducen en las sociedades capitalistas, es
decir, el sutil dominio que ejerce el sistema uniformador y la cultura masicada a nivel
psicológico. Partiendo de la crítica a la brutalidad metropolitana de la sociedad opulenta
desde la perspectiva del psicoanálisis, Marcuse sostiene la misma tesis de que los planes
de progreso han conducido al hombre a su propia esclavización, y los individuos mismos
reproducen la represión sufrida, aclarando que «la democracia consolida la dominación más
rmemente que el absolutismo, la libertad administrada y la represión instintiva llegan a
ser las fuentes renovadas sin cesar de la productividad» (1985, p. 7). Y es que bajo la premisa
de la libertad y del bienestar del todo social, que la voluntad de la mayoría se convierte en
constitutiva de la unidad social dentro del sistema. El individuo así ya no puede aparecer de
forma aislada, sino que, como miembro de la comunidad a la cual pertenece, y como ésta
lo precede, el individuo separado, sometido al mecanismo coercitivo colectivo, ya resulta
predestinado a las funciones que le son dictadas por el sistema social y para la realización
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de sus nes económicos que supuestamente llevarían a la satisfacción de las necesidades de
sus miembros. Empero, Marcuse indica que: « […] la mejor satisfacción de las necesidades es
ciertamente el contenido y el n de toda liberación, pero al progresar hacia este n, la misma
libertad debe llegar a ser una necesidad instintiva y en cuanto tal, debe mediatizar las demás
necesidades, tanto las necesidades mediatizadas como las necesidades inmediatas» (Ibíd, p.
8).
Es preciso, aquí puntualizar los términos de la necesidad instintiva y la represión instintiva
desde la perspectiva en que Marcuse los aborda en su obra Eros y Civilización (2010),
donde contrarresta el planteamiento pesimista de la imposibilidad de la felicidad de los
individuos expresado por Sigmund Freud en su obra El malestar en la cultura (2007), con un
planteamiento en el que una civilización no basada en la represión de los instintos es posible.
La condición del hombre como ser cultural, lleva a Freud a analizar más allá de las diferencias
históricas, las divergencias culturales y la variedad de hechos de civilización. El choque entre
el deseo natural y la cultura civilizadora, revela la condición humana y determina al hombre
como ser social, que sólo llega a ser hombre porque su instinto biológico es sometido a la
disciplina de la cultura.
El modelo de la cultura se establece en nosotros, y esta condición de la ruptura de lo
natural biológico y el orden preestablecido, es lo que deniría el lugar de la educación. En
esta línea de análisis, la educación se revela como la acción represiva que permite el paso
del placer a la realidad, del deseo primitivo al deseo culturalmente socializado, integrado en
un sistema interhumano completamente regulado. Para que el individuo aparezca como
capaz de vivir en una comunidad, la prohibición deberá constituir la esencia de la acción
cultural socializante, ya que ésta comienza impidiendo que ciertas tendencias impulsivas
espontáneas e inmediatas se expresen libremente, y es así como surge la función represiva
de la educación como algo fundamental para lograr la unidad del todo social, factor que
difícilmente podría ser suprimido. Sin embargo, esto inminentemente nos llevaría a la
evocación de doctrinas educativas totalitarias, y a la renuncia de la inmediatez del placer
instintivo, para ser sustituido por la obediencia a la realidad, donde como moneda de
cambio se instituiría el deseo por la norma, llevando al principio del placer y al de la realidad
a terrenos radicalmente opuestos e inconciliables. Así, señala Marcuse, el individuo: «Llega a
ser un sujeto consiente, pensante, engranado a una racionalidad que le es impuesta desde
afuera» (2010, p. 29). La educación bajo este contexto llegaría a convertirse en un conjunto de
técnicas, procedimientos, métodos y contenidos pedagógicos, asegurando esta sustitución
e implicando un sufrimiento correctivo, que habrá simplemente que vigilar para que no
degenerara en un estado mórbido.
Freud dene el principio del placer como la medida primordial que gobierna y regula,
en general, las acciones, sentimientos y pensamientos del individuo hacia la búsqueda de lo
placentero y la evitación de lo desagradable. Los hombres, « […] aspiran a la felicidad, quieren
llegar a ser felices, no quieren dejar de serlo. Esta aspiración tiene dos fases: un n positivo
y otro negativo; por un lado, evitar el dolor y el displacer; por el otro, experimentar intensas
sensaciones placenteras» (Freud, 2007, p. 23). Sin embargo, el principio del placer no puede
constituir un n en mismo, porque aún si el principio del placer explica adecuadamente
los movimientos humanos, su nalidad última, la de una felicidad perfecta, innita y eterna,
sigue siendo irrealizable como un estado nal al que se pueda llegar, por ello, únicamente
como un proceso, en el cual la satisfacción se da como un momento fugaz, nos es dable
proponerlo.
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Lo que en el sentido más estricto se llama felicidad surge de la satisfacción, casi
siempre instantánea, de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada
tensión, y de acuerdo con esta índole sólo puede darse como fenómeno episódico.
Toda persistencia de una situación anhelada por el principio del placer sólo
proporciona una situación de tibio bienestar, pues nuestra disposición no nos
permite gozar intensamente sino el contraste [...]. Así, nuestras facultades de
felicidad están ya limitadas, en principio, por nuestra propia constitución. (Ibíd., p.
24).
La represión de los instintos evoca el problema de la renuncia a la libertad, que implica
para el individuo su entrada en la civilización, que no es otra renuncia que la de sus propias
necesidades en pos de la organización socio-histórica vigente, así llega a tomar su posición
de miembro en su plena facultad dentro del funcionamiento adecuado de la comunidad,
misma que ya previamente le ha sido asignada.
Pero el problema de la educación no consiste, o por lo menos en teoría no debería
consistir, solamente en prohibir, frustrar e inhibir, sino en descubrir una especie de equilibrio
entre la búsqueda del placer, que sigue rigiendo el equilibrio psíquico después de haber
entrado en el proceso de socialización, y las limitaciones que impone la realidad natural y
social a los instintos primitivos. Para Marcuse: «El animal hombre llega a ser un ser humano
sólo por medio de una fundamental transformación de su naturaleza que afecta no sólo las
aspiraciones instintivas, sino también los «valores» instintivos […]» (1985, p. 27-28). La existencia
de una moral individual demuestra que la norma impuesta por la realidad no permanece
en el exterior del sujeto, sino que éste la asume en forma afectiva, su ecacia estriba en esta
interiorización. Así pues, la interiorización sólo será posible si el sujeto posee en sí mismo
una instancia capaz de asumir la exigencia social, que contrarreste la inuencia de sus
impulsos. Aunque una civilización no represiva pareciera una quimera para Freud, debido al
antagonismo y a la irreconciliación del principio del placer y el de realidad planteados por él,
para Marcuse esta oposición no se origina en una naturaleza humana, sino que es producto
de una organización social históricamente determinada, y más aún, debido al progreso y el
desarrollo social, la civilización humana ha llegado al momento en que es posible educarse
en una sociedad no represiva, donde los conictos puedan resolverse sin opresión y sin
crueldad. Y es que el progreso tecnológico ya ha creado las condiciones para una liberación
respecto de la obligación del trabajo, lo cual podría llevar a la ampliación del tiempo libre,
que permitirá la liberación de las potencialidades reprimidas que,
Liberadas así, ellas [las facultades individuales] generarán nuevas formas de
realización y de descubrimiento del mundo, que a su vez le dará nueva forma al
campo de la necesidad, de la lucha por la existencia. [...] Con la transformación de
la sexualidad en Eros, los instintos de la vida despliegan su orden sensual, mientras
la razón llega a ser sensual hasta el grado en que abarca y organiza la necesidad
en términos que protegen y enriquecen los instintos de la vida. (Ibíd., p. 193-194).
De esta forma se dan las condiciones para el surgimiento de una sociedad no represiva,
en la que se pueda vivir la felicidad del Eros liberado, la lógica de la satisfacción y no la de la
represión.
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Hay dos términos que surgen a partir de la inclusión del componente histórico. Por
un lado, se debe de considerar la represión excedente −que, a diferencia de la represión
básica, que se reere a la modicación de los instintos para perpetuar la raza humana− hace
referencia más bien, a las restricciones adicionales resultantes de las diferentes formas de
dominación y sus correspondientes instituciones, que apunta fundamentalmente a aquellos
controles que exceden a los necesarios para el funcionamiento de la sociedad:
[...] en la historia de la civilización, la represión básica y la represión excedente han
estado inextricablemente entrelazadas y el progreso normal hacia la genitalidad
ha sido organizado de tal manera que los impulsos parciales y sus «zonas» fueron
descontextualizados casi por completo para adaptarlos a las exigencias de una
organización especica de la existencia humana. (Ibíd., p. 47-48).
Para Marcuse, esta represión excedente y la concentración de la energía erótica en
la sensualidad genital, es lo que impide al Eros su fuerza revolucionaria y creadora, el
despliegue de la libido; y por el contrario, dicha fuerza está concentrada en el «[…] proceso
de producción agresivo y a sus consecuencias, integrándose en el valor de cambio» (Ibíd.,
p. 9 [énfasis propio]). Su propuesta a partir de allí, le lleva al planteamiento del principio de
actuación como la forma histórica del principio de realidad.
En efecto, en el proceso de civilización, el principio del placer es reemplazado por el
principio de realidad, el sujeto se ve obligado a retardar la satisfacción de sus deseos o
incluso resignarla, para no entrar en contradicciones con el ambiente que lo rodea, con lo
cual el control y la coordinación de los impulsos, que el Yo llevará a cabo, no estará aislado de
la realidad prevaleciente, no estará al margen de la época y del modo de dominación, sino
que por el contrario, tendrá la forma que éstos vayan tomando. Un ejemplo breve de ello,
es la inuencia de la duración de la jornada laboral: durante el día de trabajo el individuo
se ve obligado a suspender la satisfacción de los instintos, lo cual signica que está sujeto
a un proceso represivo, pero éste no será igual en una organización en la que la jornada
laboral ocupa prácticamente el día entero, que en otra que es más breve, de este modo
se observa, al menos desde un aspecto, el principio de realidad en relación a las formas
históricas prevalecientes. Sin embargo, Marcuse señala que la dialéctica de la civilización
perdería su nalidad «[…] si el principio de actuación se revelará a mismo sólo como una
forma histórica especíca del principio de la realidad» (2010, p. 120). Esto es así porque sus
condiciones históricas aparecen en función del conicto entre los individuos separados, y
entre ellos y su mundo, abriendo paso hacia un presente en una temporalidad histórica.
Por lo tanto, el hombre es el sujeto y el objeto de su propia historia y es así, como según
Marcuse: «La negación del principio de actuación aparece no contra, sino con el progreso de
la racionalidad consciente: presupone la más alta madurez de la civilización» (Ibíd., p. 136).
¿Pero entonces qué impide el arribo a esta nueva sociedad no represiva? Marcuse
denuncia que la pretendida liberación que propugna el capitalismo, no es una verdadera
liberación, sino una estrategia para impedirla, ya que lejos de dejar lugar a una emancipación
de los instintos hacia una sexualidad polimorfa, que podría llevar a la realización de las
potencialidades reprimidas, el capitalismo ha transformado la sexualidad en objeto de
consumo, integrado a la totalidad consumista del sistema social.
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Si se observa el tiempo que el hombre destina al trabajo en la civilización, se hace
evidente que éste ocupa prácticamente la existencia entera del individuo, y por lo tanto,
el placer se ve absolutamente acotado por ella, el placer deja de prevalecer y la represión
comienza a imperar. El orecimiento de instituciones, la promulgación de leyes y las mismas
relaciones sociales, obedecen a la transmisión de la represión de los impulsos de acuerdo
a sus necesidades imperantes, el control deja de ser la base de aquellos requerimientos
necesarios para el desarrollo de la civilización.
Lo que es falso no es el materialismo de esta forma de vida, sino la falta de libertad
y la represión que encubre: reicación total en el fetichismo total de la mercancía.
Se hace tanto más difícil traspasar esta forma de vida en cuanto que la satisfacción
aumenta en función de la masa de mercancías. La satisfacción instintiva en
el sistema de la no–libertad ayuda al sistema a perpetuarse. Ésta es la función
social del nivel de vida creciente en las formas racionalizadas e interiorizadas de la
dominación (1985, p. 8).
Durante el día de trabajo el hombre renuncia a su libertad de ser el sujeto-objeto libidinal
que es y desea ser. El trabajador está al servicio de un aparato que es incontrolable desde su
lugar, que ejerce un poder al que los individuos deben someterse para no quedar al margen
de la comunidad, y que este poder se independiza más a medida que la división del trabajo
se hace también cada vez más especializada. De este modo, como resultado del principio de
actuación de la sociedad capitalista se obtiene un hombre que mientras trabaja no satisface
sus propias necesidades, sino que sólo realiza funciones preestablecidas. Obedeciendo a
la totalidad operante, la educación nuevamente parte de la premisa de un hombre ideal,
pero éste es ya un individuo que se integra en el sistema mismo, la educación entonces
deja a un lado su sentido histórico de emancipación para la humanidad para obedecer
a la transformación cohesiva, instruyendo al individuo hacia formas de entretenimiento
socialmente aceptadas y reproduciendo la represión incluso en un momento cuando el
progreso ha conducido hacia una jornada reducida. La disponibilidad de más tiempo libre ya
no representa una oportunidad para estimular una creatividad lúdica, una expresión artística
que podría conducir al desarrollo pleno del potencial del individuo, sino una opresión
del principio de identidad ante la cual el individuo tiene que limitarse a los modelos ya
postulados. Por consiguiente, si es un hombre que no está respondiendo a su propio deseo
sino al ajeno, ¿es un hombre real o es una cción de sí mismo?
3. EL SENTIDO CRÍTICO DEL SER
En El hombre unidimensional se presenta a la sociedad capitalista desarrollada como
una sociedad en la que el hombre ha perdido su sentido crítico. La seducción del confort,
la abundancia, la riqueza de la sociedad opulenta y la liberación de las costumbres, han
transformado al hombre en un ser cada vez más adaptado e integrado al sistema del consumo.
Lo que Marcuse presenta bajo el término de unidimensionalización es, paradójicamente, un
proceso multi-abarcante, que se desenvuelve en todos los niveles y estratos de la realidad
en la sociedad industrial tardía. Al igual que sus predecesores Theodor W. Adorno y Max
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Horkheimer, quienes veían en el avance de la ciencia y la tecnología bajo el criterio de
dominación, el fracaso de la cultura y la abdicación de la razón, la cual absolutizada en su
función instrumental conduciría a procesos de consolidación de una nueva estructura de
dominio; Marcuse destaca en primer plano al positivismo, que sirve de base a la racionalidad
tecnológica y a la lógica del dominio en el proceso social de unidimensionalización, y en este
sentido la única salida para poder empezar a transformar esta sociedad no será cambiando
las leyes, sino iniciar por lo más radical, que según él, sería modicando la mentalidad del
hombre unidimensional: hacer que aprenda y se atreva a criticar lo que le parece malo, ir
contra lo que nos ha enseñado la sociedad. (Ibíd., p. 13-14).
¿Acaso esto será posible? ¿Se podría a través de la educación, ir contra lo enseñado? ¿Podrá
la educación llevar a la emancipación del hombre unidimensional, cuya existencia humana
está controlada e integrada al funcionamiento objetivo de la totalidad social?
La represión, según lo describe Marcuse, obedece a dos procesos paralelos: la integración a
nivel instintivo, por un lado, y la integración social del individuo a la objetividad operante, por
otro. Dicha integración es lograda a través de la imposición de un modelo de pensamiento y
conducta unidimensional, estableciendo como posible una única forma de vida, sin que ésta
permita divisar que detrás de las elecciones, actúa la coordinación universal del conjunto en
su totalidad, o en palabras de Adorno el dominio de todo.
Vertido totalmente a los modos de funcionamiento que le exige la realidad preestablecida,
el individuo es obligado a vivir una vida pseudo autónoma, en la cual la sobre-represión y los
esquemas de asimilación e introyección de los controles sociales, logran hacer desaparecer
la condición autorreexiva del individuo, su capacidad como sujeto para percibir crítica y
autocríticamente su existencia y su vida social. Es así como a juicio de Marcuse, el proceso
social de unidimensionalización hace posible la administración global de la existencia. La
subjetividad termina por contraerse a los modos triviales de pensamiento que, entregado a la
espectacularidad de los dispositivos tecnológicos, el consumo y los medios de comunicación,
se ritualiza y esteriliza para una simplicación organizada y planicada, simplicación en
la cual la educación se revela como una previa instrucción al individuo como engranaje,
predestinado tanto al mercado del consumo como a la esfera de la productividad, cuyas
acciones concretas resultan subsidiarias de causalidades que ni son visibles ni tampoco
conscientes. Finalmente, no hay que olvidar que, las políticas educativas actuales buscan
el «desarrollo de valores, habilidades y competencias para mejorar su productividad y
competitividad al insertarse en la vida económica» (Diario Ocial, 2008). La indiferencia que
se da en una conciencia unidimensional y el impulso de entregarse placenteramente al
consumo propagado por los medios de comunicación son actitudes que se han convertido
en características de la vida contemporánea. «El acceso a los mercados de trabajo» (Ibíd), se
convierte en la razón de ser de las instituciones educativas. En este sentido, es por demás
señalar que la creciente fragmentación de la sociedad, polarizada en torno a ejes económicos,
sociales, políticos y culturales, ha llevado a que la lucha por un bien común pierda sentido. Los
valores de libertad, igualdad y justicia como consecuencia de las condiciones de exclusión y
marginalidad que vivimos, vienen a signicar cosas cada vez más dispares para los distintos
grupos y personas. Ante este panorama, suena cada vez más relevante la advertencia de
Adorno:
Cada época produce, por una parte, las personalidades —tipos de distribución
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de energía psíquica—, que socialmente necesita. Un mundo como el actual, en el
que la técnica ocupa una posición central, produce también hombres tecnológicos,
acorde con la técnica. Lo que no deja de tener su racionalidad especíca: en su
estrecho ámbito serán más competentes, pudiendo ello inuir luego en lo general.
En la relación actual con la técnica, hay, por otra parte, algo de exagerado, de
irracional, de patógeno. (1988, p. 88).
4. CONCLUSIÓN
Al reconocer a la sociedad como bloque universal, como objetividad operante, la
Teoría Crítica expone cómo ésta rodea a sus miembros y, al mismo tiempo, se encuentra
dentro de ellos, ya que son los miembros quienes la constituyen; sin embargo, cualquier
intento de transformación, si no supera la unidimensionalidad, simplemente reincide en la
rearmación inmediata del todo monstruoso como algo inadmisible pero contundente. Lo
que dene hoy el lugar de la educación es el hecho de que el modelo del sistema capitalista,
que se ha adentrado en toda esfera de la vida individual y social, congura la cultura como
una industria más. De cara a ello, y recuperando las palabras de Adorno, la educación es la
«consecución de una consciencia cabal» (Ibíd., p. 95): una conciencia que recupere no sólo su
bidimensionalidad, sino una multidimensionalidad, que sea capaz de pensar nuevamente
contra sí misma, y en su desventura y desgarramiento recupere la conciencia de su propia
infelicidad, porque solamente así podrá experimentar nuevamente la felicidad de su
emancipación.
REFERENCIAS
Acuerdo 444SNB. (2008). Diario Ocial, martes 21 de octubre. http://dof.gob.mx/nota_
detalle.php?codigo=5064951&fecha=21/10/2008
Adorno, Th. W. (1988). Educación para emancipación. Ediciones Morata, S.L.
__________. Horkheimer, M. (2009). Dialéctica de la Ilustración: fragmentos losócos. Editorial
Trotta.
Freud, S. (2007). El malestar en la cultura. Ediciones Folio.
Marcuse, H. (1985). El hombre unidimensional. Editorial Artemisa.
__________. (2010). Eros y civilización. Editorial Planeta.