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VOLUMEN II/ NÚMERO 2/ AÑO 1/ ISSN 977245257580/ PÁGINAS 43-53/ RECIBIDO: 07-10-2020/ APROBADO: 11-11-2020/ www.revpropulsion.cl
Revista ProPulsión. Interdisciplina en Ciencias Sociales y Humanidades
En La sinagoga vacía (2013), Gabriel Albiac aterriza con quirúrgica precisión un problema
que en La ilustración radical (2012) se nombra de manera más general con la etiqueta “crisis
de la consciencia europea”. Este concepto fue acuñado en el siglo xix por el historiador belga
Paul Hazard en una obra homónima que salió a la luz en 1935. La expresión de Hazard reere
a una fase transitiva, bastante comprimida, entre la era confesional y la Ilustración europea,
cuyo epicentro encuentra Hazard en Francia. A decir de Israel, las fechas que maneja Hazard
son muy tardías (1680-1700) y su ubicación muy estrecha. Pero su concepto se sostiene por la
idea de que, desde el momento de construcción de ciudades modernas, como Ámsterdam,
y pasando por el apogeo del cartesianismo en el continente, la importancia que va tomando
la nueva losofía en la conguración del resto de rasgos de la vida se da en el centro de
furiosas disputas y transformaciones radicales, en todos los niveles. Dando lugar a una
verdadera Kulturkampf. De manera que, para Israel, el panorama resultante es caótico (2012).
Por su parte, y centrado en un conicto más íntimo, Albiac utiliza la palabra traumático para
denir el curso de estas transformaciones (2013).
Hay que insistir en esto: el papel que la losofía juega en esta historia está muy lejos de
ser incidental o secundario. La misma noción de philosophe, en el sentido moderno, que
denomina a cientícos experimentales, matemáticos, comentadores de textos, pensadores
de ocio y metafísicos, se inventa en la primera mitad del siglo xvii con una doble carga de
responsabilidad. Por un lado, está el hecho de que los lósofos «habían descubierto cómo
inuir en los debates sobre educación, conceptos morales, el arte, la política económica,
la administración y «toda conducta en la vida» (Israel, 2012, p. 28); pero, por el otro, resulta
que una razón de peso para que esto fuera así era que el gran trauma por el que se estaba
pasando, y que hacía de la opinión pública el banquete a repartirse de los pensadores,
se sostenía por conceptos losócos. La creciente popularidad de la losofía de Spinoza
y la aparición de sectas que se hacían llamar spinozistas, o se les tachaba de suscribir el
spinozismo -frecuentemente entendidas como una versión radical del cartesianismo pero
que en verdad abrevan de las muchas tradiciones recuperadas durante el Renacimiento-,
exigía que los temas urgentes de la época fueran atendidos por intelectos de igual o mayor
calibre, y en la misma arena, del vilipendiado personaje, es decir, en y desde la losofía.
La emergencia de una cosa como el “Dios Naturaleza” demostraba que eran los metafísicos
los que tenían en sus manos la posibilidad de poner punto nal a cualquier discusión
-el problema de la naturaleza de Dios, el origen de la moralidad humana, los alcances y
límites del entendimiento y cosas por el estilo. Por la cantidad de manuscritos y panetos
publicados, por la creación de formas de administración y comunicación del conocimiento,
como las revistas y las academias de ciencias, por las publicaciones eruditas, bibliotecas
“universales”, diccionarios, lexicones y enciclopedias, revistas para caballeros y, también, por
la creación de clubes literarios, la proliferación de cafés y casas de té donde se iba a discutir,
y por la transformación de las cortes que comenzaron a adoptar a los lósofos, se puede ver
la efervescencia y auge que el intelectualismo va alcanzando en el panorama internacional.
Precisamente, de 1684 data la noción de la “república de las letras” que funge de nombre, para
la revista editada por Pierre Bayle, Nouvelles de la République des Lettres, seguida dos años
después, en 1686, por la Bibliothéque Universelle de Jean Le Clerc y que van congurando la
patria merecida y en conquista de los más notables pensadores europeos.
Israel llega a la conclusión de que la presencia de los lósofos en la escena europea, a
nales del siglo XVII, es apabullante. A principios del siglo XVIII, una fuerte contraofensiva
en defensa de la religión y la moral hizo el recuento de que, en menos de cinco décadas,