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Movimientos sociales en América Latina y la idea de
progreso
Social movements in Latin America and their idea of progress
CARLOS FERNANDEZ JOPIA
Universidad de Arte y Ciencias Sociales ARCIS , Santiago , Chile (carlos.fernandez.jopia.1982@
gmail.com)(http://orcid.org/000-0003-0484-589)
RESUMEN
Podemos considerar que la idea de progreso llega a América
Latina con la ilustración y en función de eso, se fue desarrollando
un paradigma que nos rige hasta el día de hoy. A su vez, dicha
idea dominante permeó a los movimientos que reivindicaban la
idea de emancipación social, los cuales desarrollaron su sustento
teórico en la idea de un mundo que superara las injusticias por
medio de un devenir histórico inevitable. Sin embargo, a la fecha,
vemos que dicho devenir aún está a debate y aún carecemos de
un mejor entendimiento de la dinámica de los movimientos que
buscan la emancipación social. Es decir, observamos una saturación
de las Ciencias Humanas y una carencia de nuevos paradigmas
emancipadores.
ABSTRACT
We can consider that the idea of progress has reached Latin America
with Illustration, in accordance to that, a paradigm was being
developed, which governs us until today. In turn, that dominant
idea permeated the movements that claimed the idea of social
emancipation, which developed their theoretical sustenance on
the idea of a world that overcomes injustices through an inevitable
historical becoming, However, that becoming is, until today, in debt,
and there is still a lack of better understanding of the dynamic of
movements that looks for social emancipation, which means, we
are observing a saturation of human Sciences and a lack of new
emancipators paradigms.
VOLUMEN IV/ NÚMERO 2/ AÑO 2/ ISSN 977245257580
PÁGINAS 23-34/ RECIBIDO: 07-10-2021/ APROBADO: 17-12-2021
DOI: https://doi.org/10.53645/revprop.v4i1.66
www.revpropulsion.cl
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Movimientos sociales en América Latina y la idea de progreso
PALABRAS CLAVE / KEY WORDS
Movimientos, Latinoamérica, Ciencias sociales, Ilustración, emancipación. /
Movements, Latin America, Social sciences, Enlightenment, emancipation
INTRODUCCIÓN
Es indudable que Latinoamérica es un continente que ha estado en constante movilización
social. Desde 1492, año de la llegada de los europeos, América Latina ha estado en un proceso
de resistencia constante, y a su vez, no sabemos si antes de dicha fecha esto era invariable,
pues la historiografía ocial establece ese año como el principio de la historia. Sin embargo,
la gura de establecer el cambio social como lo concebimos hoy es una concepción que
ingresa con la modernidad. Es decir, la idea de imaginar otra realidad distinta a la existente
llega con la ilustración y la ciencia, y con ello llega también la idea de progreso innito.
El presente trabajo busca establecer la relación que tiene el concepto de movimiento
social emancipador y las teorías con las cuales sustenta su idea de progreso. A su vez, se
analiza la incapacidad de las Ciencias Humanas para comprender de mejor manera el
comportamiento de dichas dinámicas sociales y, por ende, el desarrollo de nuevas teorías
que permitan avanzar en un mejor marco teórico que de una mejor perspectiva al desarrollo
de alternativas emancipadoras. Se analiza la llegada de la idea de progreso a la región y
como la abrazaron las élites latinoamericanas para la conformación de los nacientes Estados
nacionales, y como, fueron moldeando una idea de futuro que permeaba a los habitantes. Por
otra parte, se examina dicha idea en función de la inuencia que tuvieron los movimientos
sociales o movimientos revolucionarios en transformar la realidad bajo el discurso de un
progreso inevitable y bajo la gura de las leyes de la historia.
En la parte nal se da el espacio para establecer la diferenciación teórica entre la
denominación de movimiento social y nuevo movimiento social, sin embargo, más que
discutir el propósito nal de ambos, se analiza desde los paradigmas y de la incapacidad de
las ciencias sociales de entenderlos en su conjunto. Por ende, se contraponen la gura de “la
lucha de clases” como vehículo incuestionable para llegar al progreso, versus la gura de la
identidad en las nuevas demandas sociales.
APROXIMACIONES TEÓRICAS AL ENTENDIMIENTO DE
MOVIMIENTOS SOCIALES
Hablar de “movimientos sociales” y de “nuevos movimientos sociales” rebela entre otras
cosas, una cierta incapacidad de las Ciencias Humanas para interpretar la movilización
colectiva, y resuena con eso, en que no se logre desarrollar el puente teórico solido que dé
cabida a teorías emancipadoras alejadas de las ya planteadas por la Escuela de Frankfurt
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que, en su propósito fundador, se propuso explicar el turbulento comportamiento social y
contribuir al cambio estructural de la sociedad. Desde esta óptica, Se sigue observando a los
movimientos en dos dimensiones, adjetivando una u otra en función de su carga ideológica.
Si establecemos como principio, que los movimientos sociales son entes organizados
que persiguen un n en común y que, según la dinámica social, se mantienen en tensión
permanente con las diferentes estructuras de poder, uno podría suponer, por lo descrito
anteriormente, que siempre han existido. Sin embargo, la historia o gran parte de la
historiografía nos muestra el siglo XVIII como su génesis dando desde ahí su puntapié inicial.
Desde la llegada de los europeos, espada en alto y Biblia en mano, nuestro continente
estuvo en constante levantamiento, es decir, en tensión permanente con la estructura de
poder. Producto de ello, se generaron bastantes revueltas e incontables rebeliones en el
continente que llevaron a constituir un imaginario de una América Latina indómita. Por
lo tanto, vale el formularse algunas preguntas. ¿Vamos a entender el término “movimiento
social” como algo nuevo que ingresa de manera protagónico en las postrimerías del siglo XIX?
Y si es así, ¿habría que subdividir lo que son “los movimientos del siglo XX” de los llamados
“nuevos movimientos sociales” que aparecen al nal? ¿Qué es lo que cambia para que, el
alzamiento del orden sea catalogado como revuelta, rebelión o movimiento social?, ¿será el
n último con que se genera dicha dinámica quien le dará el nombre?
Sobre la última pregunta, uno puede presuponer que en la región, ya entrado el siglo
XX, movimientos sociales inspirados en las corrientes marxistas transformadoras del Estado
dejarían de ser “movimientos sociales” y pasarían a ser “movimientos revolucionarios” que
buscaban transformar el conjunto de la sociedad. Entonces, nos surge otra pregunta, ¿los
movimientos sociales no buscan transformar el Estado y con ello la sociedad? La respuesta a
esta pregunta aparenta ser negativa. Al parecer los movimientos sociales solo buscan superar
una determinada coyuntura dentro de esa tensión con la estructura de poder demarcada.
Para Amelia Barrera, cualquier movimiento social se desarrolla no por fuera, sino como
parte de ese Estado y por tanto, un movimiento social es un movimiento político, porque
afecta la relación básica gobernantes-gobernados. Un movimiento social no es tampoco
emancipador o libertador per se, sino que persigue objetivos no satisfechos (Barrera, 2016, p.
4). Si consideramos la cita anterior como soporte teórico, podemos establecer que hablamos
de dos conceptos que no actúan como sinónimos pero que, al conjugarlo con la visión
militante, pueden sonar similares. Desde esa trinchera podríamos hablar de dos tipos de
movimiento; uno, que se organiza para superar la alteración de la dinámica establecida. Y
dos, uno que se organiza para transformar el Estado y la sociedad en su conjunto. Movimiento
social y movimiento revolucionario respectivamente.
Pero todo lo anterior recae también en la incapacidad de las Ciencias Sociales que, a
la fecha, no ha generado mayores interpretaciones del mundo social y no se ha logrado
profundizar en un nuevo marco teórico que nos permita (re)entender la emancipación social.
Es decir, también nos enfrentamos a un cuestionamiento epistemológico que nos permita
entender la realidad del momento y por ende, transformarla. En pocas palabras, la saturación
de las Ciencias Humanas nos ha llevado a pensar la sociedad en función de la tendencia que
más le acomode al investigador. Vale decir, Si creemos como Marx que toda la historia de la
sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de lucha de clases valoraremos muy
positivamente la lucha económica, política y cultural de la clase obrera, por liberarse de un
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sistema deshumanizador. Es decir, conferiremos un valor central en la explicación de los
procesos sociales a la dimensión conictiva y antagónica de los grupos involucrados. Ahora
bien, si concebimos la transformación social como la sumatoria de pequeños cambios para
mejorar ciertos aspectos de la realidad de manera que den respuestas a las necesidades
insatisfechas de ciertos grupos sociales, valoraremos especialmente la acción conciliadora y
negociadora de determinadas élites –o grupos de presión- para llegar a acuerdos.
Se debe de considerar que el entendimiento sobre un fenómeno social, para el caso, las
acciones sociales colectivas, no puede partir solo de una interpretación parcial de la sociedad,
sino que debe observarse desde la perspectiva más amplia. Es decir, a cada enfoque subyace
una concepción más amplia de la sociedad en la que surgen los movimientos y de las formas
de poder institucionalizado en ella (Laraña, 1999, p.18).
LA FE EN EL PROGRESO
No trataremos de describir en estas líneas la historia del progreso desde la anterioridad
de la idea judeo-cristiana ni su historia como tal. Sino más bien lo abordaremos desde la
instalación de la modernidad y su ilustración, pues con ello se dejaría la puerta abierta
hacia la fe ciega en un progreso que se lograría con la planicación racional de la sociedad.
Robert Nisbet sostuvo que la idea de progreso pasó de ser una de las ideas importantes de
la civilización occidental, a ser la idea dominante (Nisbet, 1991, p. 243).
Bajo esta premisa, se puede entender que la idea de progreso se transforma en
hegemónica, pues con ese contexto otras ideas nacieron y se desarrollaron en función de
dicho progreso. Esta idea también la abrazaron intelectuales que veían en la movilización
social, un puente para llegar a dicho n. Por ende, la lucha social también era racionalizada en
función del futuro prometedor que nos ofrecía la liberación de las cadenas que nos privaban
de nuestra libertad. La fe en el progreso vaticinaba que las fuerzas de la historia derrumbarían
los actuales obstáculos que la desigualdad nos imponía. Por consiguiente, pronto llegaría
el día de la igualdad, libertad y fraternidad, que sumada a la “razón” empezarían a regir
nuestras vidas. En otras palabras, el pensamiento radical que presagiaba la libertad del ser
humano se sustentaba en las “leyes de la historia”. Producto de eso, se conaba que un
mundo mejor era inevitable. Para el caso, las leyes de la historia se convertirían en la nueva
providencia. En un remplazo de la antigua teología que nos permitía establecer el devenir
humano. Sin embargo, Walter Benjamin hace un alcance crítico a las llamadas leyes de la
historia; “El muñeco al que se llama “materialismo histórico” ganará siempre. Puede desaar
intrépidamente a quien sea si toma a su servicio a la teología, hoy, como es sabido pequeña y
fea y que por lo demás, ya no puede mostrarse” (Löwy, 2005, p. 46-47). A los ojos de Benjamín,
el materialismo histórico se convierte efectivamente en un método que percibe la historia
como una especie de máquina que conduce “de manera automática” al triunfo del socialismo
(Nisbet, 1991, p. 49).
Es producto de esto que el progreso, apoyado en la seguridad de sus leyes históricas,
anunciaba resultados infalibles; a saber, el triunfo de la nueva sociedad emancipada. De
manera que, el llamado a conar en el progreso a ciegas se transformó en un mensaje de
esperanza para los desposeídos, puesto que, si verán el renacer del hombre al nal de la
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historia, pues así lo establecían sus propias leyes.
Sin duda Marx ha sido uno de los pensadores que más inuenció a los movimientos
emancipadores de la modernidad. A su vez, no hay en el siglo XIX, un solo pensador de
importancia en cuya obra aparezca tan evidente la concepción de un progreso inexorable,
irreversible y gradual de la humanidad hacia la edad de oro como en la obra de Marx (Nisbet,
1991, p. 360). Marx trata de demostrar, con un sustento cientíco –ilustrado, que la historia
de la humanidad avanza hacia el progreso y que eso es inevitable. Y que es por medio de la
lucha de clases con que el hombre (y la mujer) llegarán a dicho paraíso terrenal.
Para el caso, su idea se sustenta bajo el Darwinismo, pues Marx encuentra similitudes
entre su obra y la de Darwin. Así como el objetivo primordial de Origin of Species consiste
en demostrar el proceso esencial de la vida –es decir, la selección natural y el permanente
conicto en el seno de cada especie por lograr la supervivencia-, para Marx el principal
objetivo de El Capital era sintetizar y hacer cientícamente irrefutable todo lo que él mismo
había escrito antes en torno al tema de la lucha de clases (Nisbet, 1991, p. 361). Es decir, Marx
también veía el progreso concebido como la regla de la razón y la ciencia, y a través de ella,
el mecanismo para la emancipación social.
En su obra El Capital, Marx reivindicaba la concepción del progreso estableciendo la
desaparición del capitalismo y el nacimiento del socialismo. Una losofía de la historia que
avanza con ineludible necesidad hacia resultados inevitables. Marx da por asumido que,
cuando una nación ha tomado ya el rumbo justo para el descubrimiento de sus propias
“leyes” de movimiento, ya encausó su fase natural de su desarrollo emancipador.
Como mencionamos con anterioridad, muchos movimientos del mundo en general, y
de Latinoamérica en particular (para el caso, es lo que nos interesa), abrazaron la idea de la
“lucha de clases” como lucha liberadora de las cadenas que la humanidad arrastraba. Por
tal razón, su marco teórico fue ganando adeptos que veían en su sustento, una ventana al
progreso prometido desde ya más de dos siglos. Entonces, ¿Qué tanto ha avanzado la idea
del progreso en nuestro continente? ¿Faltarían otros doscientos años más para lograr lo que
en su momento era algo inevitable por el solo hecho de que así lo establecían las leyes de la
historia? ¿sigue siendo la lucha de clases el sustento cientíco conque el hombre superaría
los estadios?
Sobre el progreso poco o nada se ha materializado. Sobre la lucha de clases podemos
observar que dicha corriente teórica hizo invisible otras formas de luchas sociales que
veremos más adelante en el presente trabajo.
APROXIMACIONES TEÓRICAS EN LATINOAMÉRICA, LA
IRRUPCIÓN DE LA IDEA DE PROGRESO
Desde Europa aoraron los discursos que, a poco andar, empezarían a ser eco en
Latinoamérica. Discursos vinculados a la Ilustración que abrazaban la idea de un progreso
material, cultural y político se adueñaron de los nacientes “revolucionarios” que los ocuparon
para guiar los destinos de la región.
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Movimientos sociales en América Latina y la idea de progreso
Pero la idea de una nueva construcción social para América Latina no nace en la región,
sino que nacería en Europa. Jóvenes estudiantes que abrazaron las tendencias intelectuales
del iluminismo, el republicanismo y el progreso quisieron extender las ideas europeas a
nuestro continente nuevamente en un plan civilizatorio. Así, la visión iluminista estableció
que la única forma de lograr la emancipación era educando al pueblo y guiarlo hacia el
progreso que la Modernidad presagiaba.
Desde la Ilustración, los “padres fundadores” actuaron sobre Latinoamérica contribuyendo
con su sabiduría para la emancipación y el progreso. Ellos sentían encarnar las luces del
conocimiento y de la razón, y el deber de regarlas por un territorio habitado por masas
destinadas a ser sacudidas por el rayo del saber, movilizadas desde los imperativos de la
razón histórica, destinadas por medio de la Ilustración, a superar su larvaria infancia colectiva
(Hopenhayn, 2010, p. 22).
De esta forma, se empezaba a diseñar la idea de una modernidad bajo la vigilancia del
Iluminismo. Es decir, con el conocimiento y la ilustración se pasaría de la infancia de nuestro
continente a la madurez de Europa. En otras palabras, el iluminismo y la ilustración dieron
soporte a la idea de progreso por cuanto ya se germinaba la imagen de que el conocimiento
liberaba, la educación nos hace adultos, la iluminación elevaba a los pueblos de la infancia a
la madurez. Dicha vocación iluminista puso en la misma oración la concepción de “educar” al
pueblo y “guiarlo” por el camino del progreso. Así Hopenhayn nos cuenta que, enciclopedismo
y vocación emancipadora fueron dos grandes matrices ideológicos que concurrieron en la
idea de una América (Latina) que irrumpiera desde la infancia de la humanidad en el corazón
de la Modernidad. Entre las letras y las armas, las ideas y los caballos, los protagonistas de las
gestas de independencia levantaron pasiones colectivas, y movilizaron masas de analfabetos
que no entendían muy bien porque luchaban, pero sí caían seducidos por el ardor de la
retórica bolivariana, cabalgando los aventurados potros de la emancipación (Hopenhayn,
2010, p. 21).
Latinoamérica, desde el nacimiento de sus independencias, fue un continente de
caudillismo ilustrado que buscaban, bajo la promesa de la Modernidad, guiarnos al progreso
social que Europa nos prometía con su luz. Para el caso, nuestro continente estaba en tinieblas
y la luz de la razón, la ciencia y el conocimiento nos conduciría al progreso inevitable. Sin
embargo, desde la instalación de la Modernidad en la Región con sus gestas emancipadoras
y su promesa de progreso, ningún país de América Latina ha conocido las bondades del
progreso ni se ha incorporado al mundo desarrollado. Crisis externas, desastres naturales,
estallidos sociales, debilitamiento interno frente al intercambio de productos claves en
economía extractiva, agrícola o ganadera, etc. Van moldeando las circunstancias para que el
desarrollo y el progreso se nos escapen una y otra vez.
A la fecha, ninguna de las grandes promesas de la modernidad está cumplida. Así,
Boaventura escribe que, ante la promesa de “Igualdad” podemos observar que los países
desarrollados controlan el 78% de la producción de bienes y servicios y consumen el 75% de
toda la energía generada. Los trabajadores del tercer mundo ganan una porción veinte veces
menor que los trabajadores de Europa y Estados Unidos, y en el sigo XX murieron de hambre
más personas que en cualquier otro siglo. La promesa de “Libertad” se aleja. Las violaciones
a los derechos humanos en países que formalmente viven en paz y en democracia han
alcanzado proporciones alarmantes. Por último, la promesa de “Fraternidad” tampoco fue
cumplida. Mientras que en el siglo XVIII murieron 4,4 millones de personas en 68 guerras, en
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el siglo XX murieron alrededor de 99 millones en 237 guerras (Santos, 2008; p. 18-19).
MOVIMIENTOS SOCIALES EN EL CONTINENTE
Si partimos de la armación hecha por Robert Nisbet, sobre que la fe en el progreso fue la
idea dominante en Occidente a lo largo de la historia, resulta interesante ver como se generó
esta idea en la región. En todos los esfuerzos por construir y desarrollar un proyecto nacional
en América Latina siempre se encuentra arraigada la idea de progreso. Ya sea, como al
principio, para abolir el orden económico colonial, para iniciar un proceso de modernización
civilizatorio, o sea para llevar a cabo un proceso de transformación revolucionario de la
sociedad. Para tales casos la idea de progreso siempre estuvo presente como concepto en
torno a la cual se dilataron las miradas que abrazaban dicha idea, así como también los
grupos sociales que la consideraron como necesarias para avanzar.
El movimiento emancipador-ilustrado tuvo su génesis en la región a través de la idea
del anarquismo que trajeron emigrantes europeos a Latinoamérica y en función de eso, los
movimientos sociales encarnarían una nueva forma de movilizarse. Esta vez, a través de las
huelgas generales. Estos movimientos anarquistas tuvieron su auge en toda la región entre
1917 y 1919, años en los que se organizaron huelgas generales bastante signicativas que
abrieron un proceso de sindicalización del movimiento obrero, como el caso de Perú en 1919,
Brasil en 1917, Argentina en 1918 y México en el mismo periodo (Bruckmann y Santos, 2008).
Posterior a eso, y con más fuerza, la inuencia de la Revolución Rusa sin duda inspiraría a
intelectuales y teóricos que veían en ella, la emancipación social predicha por Marx. Por
ende, el camino hacia la liberación seguía avanzando en Latinoamérica por medio de la
lucha de clases y la tarea del revolucionario sería entonces convencer al trabajador para
que adquiriera conciencia de clase para que, de esa forma, empezar a construir las leyes
naturales que permitirían su emancipación. En este sentido el continente abrazó teorías
europeas para transformar su realidad, y el progreso de la región se refugiaría en las leyes de
la historia descritas en sus obras por Marx.
Fiel al desarrollo teórico de la izquierda marxista, la alianza que más se desarrolló en
la región fue el de los movimientos obrero-campesino, eje fundamental de la revolución y
posterior liberación del ser humano. Bastión y eje del progreso de la humanidad hacia una
sociedad mejor.
Reforzando la idea teleológica de la historia, a lo mencionado con anterioridad, se
sumaría muy fuertemente la idea cristiana de ver en el socialismo una visión de mundo más
humano. La teología de la liberación comulgaría con la visión de Marx y del cambio social
como necesario, pero, le haría reparo en el método, pues para ellos, el sujeto de la historia
no sería la “clase” como establecería Marx en sus escritos, sino que sería el “pobre”. Es decir, a
la noción de “clase” del marxismo tradicional, los cristianos agregarían la noción de “pobres”,
pues en Latinoamérica la mayoría de las personas eran pobres y no necesariamente “clase
obrera” (Garcés, 2012, p. 50)
Si bien la teología de la liberación le hace alcance al marxismo, su observación solo está
sujeto a la interpretación de cuál sería el sujeto de la historia, pues sigue entendiendo que
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Movimientos sociales en América Latina y la idea de progreso
la lucha de los pobres es el vehículo con que al nal de la historia serán recompensados. A
pesar de eso, la teología de la liberación empieza a alejarse del legado mesiánico de la iglesia
y toma el presente como escenario en disputa. Dejó de decirle al campesino “espera que
tendrás tierra en el cielo” y empezó a decirles lo contrario: “tienes que organizarte para luchar
y resolver tus problemas en la tierra” (Stedile y Mancano, 2000, p. 17).
Desde esta perspectiva, dicho cristianismo empezaría a construir otra visión de las luchas
sociales en la región, haciendo visible otros escenarios en el continente alejados de la lucha
de clases como tal y reforzando las ideas de las particularidades de Latinoamérica. Así, Mario
Garcés, citando a Calderón nos dice; “se fue reconociendo que en América Latina no existen
clases puras, plenamente constituidas; que los sujetos sociales están adscriptos a múltiples
posiciones que corresponden a diferentes capas sociales que se jerarquizan y ordenan
según los conictos y luchas sociales, culturales y étnicas vividas” (Garcés, 2012, p. 47). La cita
anterior permite apreciar que si bien los movimientos sociales de corte marxista seguían
teorizando desde la “lucha de clases”, la teología de la liberación empezaba a abrazar la idea
de nuevos movimientos sociales que comprendían el presente y su coyuntura. Sin embargo,
para ambos casos, se mantenía la idea de transformar la sociedad y transitar a un progreso
social alejado de las injusticias.
Para Latinoamérica el caso más paradigmático llegó con el triunfo de la Revolución Cubana.
Con dicho acontecimiento las izquierdas del continente tuvieron un giro fundamental en la
mirada de realizar un cambio estructural de la sociedad. Según nos cuenta Mario Garcés, la
revolución cubana estableció los siguientes principios; uno, con el triunfo de la revolución
se demostró que la revolución en América Latina si era posible. Dos, se instaló fuertemente
la cuestión del camino de la revolución. Que debía incorporar, inevitable y necesariamente,
la “lucha armada”. Tres, se rearma la idea de la revolución por sobre la idea de la reforma.
Y cuatro, se apela a la voluntad de los militantes para producir el cambio social y político
(Garcés, 2012, p. 49).
Bajo esos principios, ¿era posible hacer otra revolución en América Latina que no cumpliera
con lo establecido anteriormente? Avanzando varias casillas en la historia, nos encontramos
con la “revolución ciudadana” de Rafael Correa en Ecuador, con la “revolución indigenista”
de Evo Morales en Bolivia y con la “revolución bolivariana” de Hugo Chávez en Venezuela.
Todas identicadas con el “socialismo del siglo XXI”. Vale preguntarse entonces, ¿al existir otro
socialismo, existirán otros métodos para llegar a ese socialismo? Al parecer las tres últimas
revoluciones mencionadas creían más en la visión de “la revolución con sabor a empanada
y vino tinto” como habría dicho Allende. Es decir, construir su camino propio distanciándose
de los marcos teóricos establecidos. Ahora bien, con lo anterior se puede apreciar que nos
alejamos de tres de los cuatro puntos de lo que nos hablara Mario Garcés en función de lo
que dejó el triunfo de la Revolución Cubana en Latinoamérica. Uno, no fue necesaria la lucha
armada. Dos, se fue consolidado la idea de reformar la sociedad para luego cambiarla. Y,
por último, se empezaron a visibilizar nuevas formas de organización alejados de la “lucha
de clases”. Por tanto, el socialismo del siglo XXI se empezaba a desmarcar de los manuales
transformadores de la sociedad y avanzaba en la elaboración de una alternativa del nuevo
siglo. Vale decir entonces, la lucha social no sería la incuestionable “lucha de clases”, sino
que empezarían a surgir nuevas luchas sociales que tendrían que ver con la identidad, con
el género, con las etnias, con las tierras, etc. Por consiguiente, estábamos en presencia de
Nuevos Movimientos Sociales en el continente. Mientras los movimientos sociales de corte
clasista veían en la lucha de clases el motor de la historia para llegar al progreso al nal de
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los días, los nuevos movimientos sociales aterrizaban al presente sus demandas y sus luchas
se enfrascaban en el reconocimiento.
MOVIMIENTOS SOCIALES Y NUEVOS MOVIMIENTOS
SOCIALES. CHOQUE DE PARADIGMAS
Las teorías emancipadoras que han abrazado las luchas populares gran parte del siglo
XX han tenido como guía estructural el concepto de “redistribución”. Este campo carga una
ideología que versa sobre distribuir lo existente en una forma más equitativa. Entiéndase;
Mejor redistribución económica de la sociedad, mejor distribución entre hombres y mujeres,
mejor distribución entre regiones y la capital, etc. Dicha visión de redistribución igualitaria
ha servido como motor de lucha por más de un siglo, estableciendo un principio económico-
social como ancla. Sin embargo, y para el caso, pondremos en la mesa un nuevo paradigma
en las luchas sociales, el reconocimiento.
Las sociedades se van construyendo en función de la identidad y cultura, y esta última
se va formando por el reconocimiento o por carencia de este. De esta forma, la teoría del
reconocimiento busca valorizar las identidades desvalorizadas injustamente, es decir,
valorizar (reconocer) para luego redistribuir. Hacerlo al revés, es decir, redistribuir y luego
reconocer se estaría cayendo en un falso reconocimiento, por ende, en una fantasía social.
Charles Taylor sostiene que nuestra identidad se moldea en parte por el reconocimiento
o por la falta de este, por tanto, la carencia de reconocimiento o la instalación de un falso
reconocimiento con lleva a la sociedad a un cuadro limitado, a una forma de opresión (Taylor,
2003, p. 43-44).
Mientras la teoría de redistribución se centra en las injusticias de clase, por ende, la visión
de que el sujeto de historia es la “clase”, la teoría de reconocimiento se enfoca en la mirada
de las injusticias de género, sexualidad, etnia, etc. Con esta vitrina podemos observar que
son dos teorías que pueden verse contrariadas, pero que a nuestro juicio se pueden conjugar
en una misma oración. Ahora bien, el orden con que se desarrolla la aplicación de una o
de otra, puede inuir directamente en un estancamiento social a la hora de generar luchas
populares, o un daño signicativo a la sociedad producto de los falsos reconocimientos.
Se estableció ya un punto análogo en relación con los negros; que la sociedad blanca les
proyectó durante generaciones una imagen deprimente de sí mismos, imagen que algunos
de ellos no pudieron dejar de adoptar. Según esta idea, su propia autodeterminación se
transforma en uno de los instrumentos más poderosos de su propia opresión. Su primera
tarea deberá consistir en liberarse de esta identidad impuesta y destructiva (Taylor, 2003, p.
44).
Con la cita anterior se puede desprender que por mucho que triunfe la idea de
redistribución, mientras no se resuelva el problema del reconocimiento se seguirá estando
en un estado de opresión. Esto pues, el desarrollo logrado de la subjetividad depende
del reconocimiento, y este solo lo podemos concebir como miembros de la sociedad en
la medida que nos sintamos reconocidos en determinados aspectos. Por ende, antes que
“clase” somos “personas”.
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VOLUMEN IV/ NÚMERO 2/ AÑO 2/ ISSN 977245257580/ PÁGINAS 23-34/ RECIBIDO: 07-10-2021/ APROBADO: 17-12-2021/ www.revpropulsion.cl
Movimientos sociales en América Latina y la idea de progreso
Al enfrentar los dos paradigmas planteados, se puede desprender o por lo menos deslizar,
que en ambos casos se puede buscar la emancipación social. Para la teoría de la redistribución,
los sujetos de injusticia son clases sociales que se pueden denir económicamente como
una relación de los medios de producción con el mercado. Aquí encontramos el paradigma
clásico de Marx estableciendo la explotación de la clase obrera cuyos miembros se ven
obligados a vender su fuerza de trabajo. Sin embargo, para la teoría del reconocimiento los
sujetos de injusticia no son denidos por los medios de producción, sino por los grados de
rechazo, desprestigio, dignidad, etc. Aquí encontramos el paradigma de Weber, donde un
grupo étnico de status bajo, al que los modelos culturales que dominan la interpretación y
la valorización marcan de forma diferente y menospreciada en detrimento de la posición
social de los miembros del grupo y de sus posibilidades de ganar estimación social (Fraser,
1996, p. 22)
Hoy por hoy, se puede apreciar un desgaste en las teorías que permitan avanzar en la
lucha social, y de manera paralela, un desgaste en las Ciencias Humanas. Esto implica que en
la actualidad no tengamos el puente teórico para entender de mejor forma los movimientos
sociales, y a su vez, los movimientos y partidos políticos aplican teorías que se encuentren
a su alcance y que fueron las teorías que nos ayudaron a transformar la sociedad a como la
conocemos hoy, que claramente lo que hoy tenemos, no es suciente.
Viejos movimientos sociales y nuevos movimientos sociales van marchando huérfanos de
un entendimiento más acabado de su realidad y carentes de una nueva teoría crítica que
nos permita (re)pensar la emancipación social. Para aclarar, no se trata de decir que ellos
no se desarrollen, sino más bien se habla de la incapacidad de las Ciencias Humanas por
alcanzarlos en su propia dinámica. Por ende, solo nos queda describirlos.
En ambas teorías podemos dimensionar una intención de justicia social. Mientras que con
la redistribución aplicamos la justicia social a la variable económica, con el reconocimiento
lo hacemos mirando la arista cultural. Ordenar o complementar las teorías en función de la
emancipación social es una deuda pendiente.
Si tenemos en cuenta las formas económicas tales como la estructura del mercado laboral,
asumimos un punto de vista de justicia distributiva. Denimos la justicia de tales disposiciones
institucionales en términos de su impacto en la posición económica y en el material de sus
participantes. Si, por el contrario, tenemos en consideración las formas culturales como la
representación de la sexualidad femenina en el medio televisivo, asumimos el punto de
vista del reconocimiento, ya que denimos la justicia según modelos de interpretación y
valoración en términos de su impacto en el estatus culturalmente denido y en el derecho
relativo de los participantes (Fraser, 1996, p. 35-36).
La transformación de la sociedad aparece como la solución a los grandes problemas que
nos enfrentamos en la actualidad. De esta forma nos convoca resolver la ecuación difícil del
cómo hacerlo. En su nombre se han encabezado diversos procesos que a poco andar se
fatigan, dando la sensación de imposibilidad.
Para establecer la gura del cambio social se debe intervenir, a nuestro juicio, dos variables;
Por un lado, la de generar cambios en las experiencias subjetivas sobre el medio social, es
decir, intervenir el medio. Y por otro, el cambio en el ámbito psíquico de los sujetos, es decir,
intervenir al individuo. En la primera variable vemos que actúa la teoría de redistribución,
en consecuencia, intervenir el medio. Es decir; más democracia, mejor situación económica,
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Revista ProPulsión. Interdisciplina en Ciencias Sociales y Humanidades
mayor y mejor trabajo, etc. Pero esto último, sin un cambio en el ámbito psíquico de los
sujetos se trasforma en una redistribución del modelo existente y no en una transformación
de este último como instancia a superar. Es en la segunda variable donde opera la teoría del
reconocimiento como motor de lucha social transformadora.
Honneth muestra que las personas dependen, desde los momentos más tempranos de
sus vidas, de un medio caracterizado por conducta armativa y de reconocimiento hacia ellas
y que, entre su salud psíquica y el carácter intacto de las relaciones de reconocimiento existe
una correspondencia directa; esto pues las personas adquieren una relación libre consigo
mismas y una autonomía individual solo en la medida que cuenten con la aprobación o
armación del medio social (Basaure, 2017, p. 41).
La cita anterior puede establecer una fuerte relación entre reconocimiento y transformación
social. Esto pues, en la medida que más se reconozca, mayor autoestima y por ende, mayor
poder de transformación. Por el contrario, al no existir un reconocimiento, o al establecer un
falso reconocimiento, se cae en una opresión primaria de la autoestima, por consiguiente, en
una incapacidad de lucha verdadera. Construir una teoría del reconocimiento para las luchas
sociales, en función de sus esferas teóricas: el amor, el derecho y el principio de logro, las tres
esferas identicadas por Honneth en la teoría del reconocimiento (2011). Y las cuales permite
deconstruir la idea de una lucha universal poniendo particularidades en determinados
casos. De esta forma se busca inuir directamente en la variable del medio social, por medio
del cambio psíquico de los sujetos. Es decir, inuir en la cultura para desarrollar un cambio
estructural, de lo contrario, la redistribución no tendrá un espíritu transformador.
CONCLUSIONES
La idea de progreso fue moldeando la construcción de los Estados nacionales y con
ello establecería su paradigma como un paradigma dominante. A su vez, todas las ideas
suscritas a la modernidad circularían en función de esa fuerza principal llamada progreso,
incluidas las ideas emancipadoras. A nuestro juicio, el progreso ocuparía dos estamentos
que lo alimentarían; a saber, la Historia y la Razón (ciencia). La historia, puesto que esta era
presentada no como disciplina, sino como un ente en donde se nutre la modernidad como
tal, y como vehículo que conduce a un n. Y la razón, puesto a que entra como mecanismo
de racionalización social unilateral y totalitaria. Para el caso, el progreso no sería más que la
continuidad de la visión del cristianismo amparado en la historia y en la ilustración.
Para lo anterior se puede establecer que los movimientos con ideas transformadoras
fueron inspirados por ideas ilustradas que veían en la historia un transporte para superar las
injusticias sociales existentes, y que veían en la razón el mecanismo de organización para
conducir el proceso de emancipación. Es decir, los movimientos seguirían creyendo en el
desarrollo de las leyes de la historia y seguían viendo en la lucha de clases el mecanismo para
superar la actual realidad. Sin embargo, se empezaría a desarrollar otras formas de lucha que
se enmarcarían más en la identidad y se desmarcarían de la “clase”. Por ende, más que esperar
el desarrollo de la historia y su porvenir, se preocuparían de la coyuntura y la reivindicación.
De esta forma, ya no pasaría a ser el sindicato ni la clase obrera la que ocuparía el sitial
histórico de la trasformación social como lo había vaticinado Marx y también la teoría crítica,
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Movimientos sociales en América Latina y la idea de progreso
sino que aparecerían nuevos actores en las demandas sociales y se empezaría a desarrollar la
lucha por el reconocimiento. En pocas palabras, el sujeto de “historia” estaría en tela de juicio
y se debía pensar en una nueva teoría que permitiera reinterpretar la realidad y (re)inventar la
emancipación. Esto porque la emergencia de movimientos que observaron que el progreso
innito solo trajo bondades a unos pocos y que, en su nombre, lejos de avanzar como lo
establecía la promesa, se profundizaban aún más los males de la humanidad, obligaba a
establecer una nueva visión de mundo.
Para el caso, se puede ver que las ciencias sociales aún mantienen cierta dependencia
con las antiguas teorías, lo que a la larga no le ha permitido desarrollar iniciativas nuevas, por
lo que se sigue observando y analizando la realidad de los movimientos con una perspectiva
sesgada. La saturación de las ciencias humanas hace ver, en ocasiones, como antagónicas
la teoría de redistribución y la teoría del reconocimiento. Pero para nuestro juicio debe
ser tomada como algo dialéctico. De esta forma, plantearse la emancipación no debe de
entenderse como algo teleológico, sino más bien como la sumatoria de coyunturas actuando
al unísono.
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