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VOLUMEN I/ NÚMERO 1/ AÑO 1/ ISSN 977245257580/ PÁGINAS 54-70/ RECIBIDO: 23-04-2020/ APROBADO: 30-05-2020/ www.revpropulsion.cl
Revista ProPulsión. Interdisciplina en Ciencias Sociales y Humanidades
de la cultura de su tiempo con la esperanza de que las imágenes brillantes dejen paso a la
comprensión de los conceptos.
Sin embargo, el principal problema con la educación que detecta Popper es que
esta educación centrada en las individualidades sobresalientes termina por diluir toda
posibilidad de edicar un sentido valioso de nuestra propia individualidad porque el peso
de una educación que tiene como objetivo incorporar conscientemente al individuo en una
tradición hace que éste perciba sus propios esfuerzos como imanes y fútiles en el panorama
general de la historia del pensamiento; como muchos de nosotros hemos expresado
alguna vez: “¿qué puedo aportar sobre un tema cuando ‘X’ —insértese aquí al pensador de
su preferencia— ya lo ha dicho todo sobre el asunto en cuestión”; a menos, claro está, que
se renuncie a reconocer que lo que se aprende y enseña está siempre sujeto a falsación.
Así, por un lado, o por el otro, una educación que se entiende a sí misma como formación,
como la progresiva familiaridad con los diversos horizontes de nuestra cultura, engendra
deshonestidad intelectual:
Reconozco que existe un serio problema en la educación profesional, a saber, el de
la estrechez de miras, Pero no creo que el remedio esté en una educación ‘literaria’,
pues ésta puede provocar otro tipo de estrechez de miras, a saber, un esnobismo
agudo […] No sólo no logra educar al alumno —a menudo destinado a convertirse
en maestro— en la comprensión del más grande movimiento intelectual de
nuestros días [la ciencia], sino que tampoco consigue inculcarle, frecuentemente,
la indispensable honestidad intelectual. (Popper, 1992, p. 571).
No resulta difícil identicar el perl de la concepción gadameriana de la educación en
la crítica de Popper a la educación “literaria”, porque al hacer de las humanidades el eje
principal en torno al cual se constituye el horizonte básico de la educación, la posición
hermenéutica puede explicar de manera satisfactoria cómo los sujetos forman su capacidad
para orientarse en medio de las plurales referencias de la cultura; pero a nal de cuentas
no puede sino suponer que, en principio, su pertenencia a la tradición no es incompatible
con la actitud crítica. En otras palabras: un modelo de educación basado en la formación
no esclarece la manera en la cual esta última no debe ser tomada únicamente como la
incorporación de uno mismo en el proceso, sino también como la asunción de una postura
crítica ante ella. Puede esperar que ésta ocurra, pero no nos dice cómo; en cambio, lo que
Popper logra iluminar es que el movimiento de prueba y error es una actividad inherente
al proceso educativo, no un fracaso vergonzoso que se tenga que omitir en el estudio de
los desarrollos de nuestra teoría y práctica: «Sólo una vez que el mundo experimente lo
fácil que es errar y lo difícil que es realizar aún el más pequeño progreso en el campo del
conocimiento, podrá adquirir una clara noción de las normas de la honestidad intelectual,
respeto por la verdad y aprensión de todo autoritarismo» (Ibid., p. 571).
Es necesario matizar el punto anterior para no dar pie a la suposición de que se utiliza la
obra de Popper para acusar a Gadamer de autoritarismo y falta de honestidad intelectual.
Nada más lejano a la verdad. Más bien, el propósito de las líneas anteriores es conducir
la exposición a un punto en el cual pueda hacerse claro que comprender el sentido de
la educación exclusivamente en términos de formación omite el contexto institucional
dentro del cual ha tenido la educación, a partir de lo que en la introducción se denominó